domingo, diciembre 11, 2016

Resistir Brotando / 100 años de DaDa. /Dic. 9 / 16

Ernesto Pereira y Daniel Acosta. Coordinación e idea                            
 





    Aidana Rico Chavez, Reverdecer 







Andrea Trotta





   
                daniel Acosta, Amargo Pan Dulce










 






 






 

Isabelle Paez y Fernando Suarez / Plaga



 



  Graciela Ovejero Postigo








                                   laura Victory    







            Alejandra sarkissian









  Claudia ruiz Herrera, A no arrugar 








Resistir brotando- 100 años de Dadá      
                                                                                         SUSANA NEUHAUS
I encuentro de acción en el MoPa
Participantes: Ernesto Pereyra/ Andrea Trotta/Graciela Ovejero Postigo/Laura Victory/Daniel Acosta/Claudia Ruiz Herrera/ Isabelle Paez/ Fernado Suárez/ Alejandra Sarkissian.
Organizan :  MoPa-Artistas por la paz y Colectivo SOSTierra
Celebramos estar juntos, crear, participar. Celebramos también la nueva sede de los Artistas por la Paz, ofrecida generosamente a SOSTierra para sus acciones. Distintos artistas, un tema común: no permitir que la sociedad desigualmente globalizada haga añicos los sueños de aquéllos que viven cotidianamente fuera de las esferas del poder. Resistir y florecer. Resistir brotando.
El Colectivo Artístico Intersticial se expresa no sólo con el cuerpo: la palabra ocupa un lugar importante en la manifestación artística. Decir, además de mostrar. La universalización de su mensaje se materializa en los nombres de ¿todos? los países del mundo, EEUU a la cabeza, y en un mapa impreso. Su ropa trae inscripciones identitarias: SOY EXPLOTADO, SOY MIGRANTE, SOY NÓMADE, SOY AMOR, SOY SUEÑO gritándole al mundo su necesidad de ser vistos de otro modo. Su reclamo, su protesta, su lucha.
“En mi nombre soy…, bombardean, sólo hay certezas y en su nombre me matan, me aniquilan y rechazan”. En pocas palabras significativas se expresa la brutalidad de la exclusión, la violencia y la carencia en el mundo, sobre todo la réplica infinita de la nunca superada explotación del hombre por el hombre. Hoy en día se suman “nuevos” horrores en cadena derivados de uno y un mismo tema: el abuso de los poderosos sobre los débiles, la minimización del ciudadano común a objeto, la conversión de todo valor o mérito en mercancía. Incluyendo, por supuesto, al arte. Deshumanizando como corolario, al hombre.
“La tierra tiembla, desde dentro hacia afuera, me invaden, me matan, somos vida, pero objeto de cambio, mercantilizable…”
Los migrantes, devenidos en refugiados y en cadáveres flotantes o abandonados en una playa; los migrantes, hacinados en talleres clandestinos, desdeñados como basura, mirados como inferiores. Los migrantes: consecuencia del abuso hasta el extremo de esa explotación y del negocio de las armas. Guerra y hambre, exclusión e invisibilización de las causas e intenciones reales de las intervenciones “pacificadoras” y  “humanitarias” en Medio Oriente y en Haití, empobrecimiento progresivo de las poblaciones sudamericanas. Toda una maquinaria organizada transgredida y desbordada actualmente en Europa, vivenciada cotidianamente en América, del Norte y del Sur. El mediterráneo, convertido en fosa común.
Resistir en una topografía sin gente, sin dejarse robar la alegría, el deseo. Asentar la presencia con una acción nómada, de aquí para allá, en todos lados. Resistiendo. Doble significado de resistir que lo hace ambiguo: Soportando? Oponiéndose? Luchando?
Llega gateando Aidana, con un par de zapatos en los pies y botas en las manos. Gatea pero pisa fuerte, desafiante. Se cambia de ropa de calle a calzas rayadas y una blusa. Se transforma, metamorfosea. Se arrastra pisando fuerte: se corta la ropa dejando los pechos visibles, se pone las botas  y camina, amenazando con el andar y la mirada. Se convierte en una guerrera. Se saca el vestido y se abraza a los pies de uno y otro, semidesnuda, expuesta y a la vez retadora. Repta entre la gente. Su bebé la reclama. Lo toma en brazos, hace un puente y golpea, interminablemente, cada vez más fuerte y marcial. Salta con el bebé en brazos, violenta, y lo devuelve al padre.
Maternidad: dulzura y fuerza necesarias para defender la vida, la lucha por la existencia la potencia. Dispuesta a pelear. Mujer que fue sometida en el pasado? Que fue violentada, obligada a la sumisión y que decide reverberar y reverdecer peleando por su lugar en el mundo?
Reclinada en el suelo en posición de oración Andrea se eleva y se tapa la cara como eludiendo al sol, temblorosa. Todo es negro. Saca de un bolso unos origamis y los va abriendo como flores, mirando a los ojos a los presentes va poniéndolos a su alrededor. Flores violetas, color del feminismo y flores blancas. Es trabajoso. Con un gesto de reproche en la mirada da algunos a los presentes (¿pide ayuda?) para que los abran. ¿Da o pide?
Las flores blancas llevan el nombre de una mujer asesinada. Las violetas son entregadas para hacerlas florecer.
La gente colabora sin dudar. Ahora el gesto es de reconciliación o complicidad. Los demás pasan de observadores pasivos a participantes en la siembra. Ahora sí, regala flores a los que estamos ahí. Y sonríe. La esperanza de un cambio no sólo individual, sino unida con otra mujeres  (¿y otros hombres, quienes son los depositarios de la acción femicida?) Romper con esa generalización, lograr el encuentro, luchar con ellos.  Se va, vestida de blanco.
La acción conjunta rompe la barrera y la dicotomía  entre los que hacen y los que no hacen, los que reciben sin dar y los que ayudan para sembrar. Éstos recogerán, tanto objetiva, como subjetivamente.
Se presenta Daniel Acosta con una mesa donde hay un pan dulce navideño. Lo corta. Suena una maraquita como anunciando lo que sigue. Se pone una máscara de metal y ramas, ramas que ponen distancia como zarzas o espinos. Intenta comer y no puede. Lo desmigaja, lo corta. Se hace difícil, hay mucho obstáculo. Hace ruido con una lata (¿llama?) suena un silbato estridente camina ¿se lamenta? ¿protesta? Su paso leve lleva a pensar en lamento y rabia contenida.
Reparte máscaras de animales que algunos se ponen e invita a una danza. Él mismo es un animal extraño. Canta: “dadadadadadadada”, vuelta a la infancia, a lo primitivo. Bailan, haciendo surgir el animal que todos ocultamos bajo la piel de la civilización,  llamado instintual, primordial de supervivencia. “no permitamos que el pan sea amargo” es su despedida.
Pan amargo en tiempos amargos. ¿Cómo defenderse? ¿Con la fuerza de la voluntad, de la pasión, de la alegría? ¿Con el resto psíquico que nos queda después de tanto golpe? Dejarse vencer es sucumbir, no hay que permitirlo.
Llega Graciela con los retratos de San Martín y de una Madre de Plaza de Mayo. Con dos bandejitas  se tapa los ojos. Camina hacia un rincón y los deja apoyados sobre la pared. Las bandejitas a sus pies, como pidiendo limosna. ¿A eso han quedado reducidos los símbolos de la búsqueda de la libertad y la justicia? Va extrayendo lentamente una máscara, una carpeta con folios que fija con un destornillador a su frente, en la máscara de metal. Su cara es ahora un folio que se deshoja en medio de una multisinfonía generada por los celulares del público, multitud que observa pasivamente cómo se deshoja, una a una  la carpeta. DA, DA DADADA, DADA, cada una con más sílabas, menos espacio, más negro que tacha, que invade. Es casi una letanía visual. Balbuceo infantil sin sentido que va cobrando paulatinamente un sentido. Más letras, más negro, menos letras, nuevas letras van virando la significación de DADA a SOLIDA y de SOLI a DADA, hasta que por fin el clamor: SOLIDARIDAD nos remite a un grito en la resistencia, que no puede ser solitaria ni individual, sino colectiva. Resistencia colectiva que devenga en lucha, para que nuestros nuevos futuros símbolos creados por nosotros no tengan que mendigar para ser oídos.
Si bien Dadá era negarse a casi todo sentido, proponer el absurdo y la burla como modo de expresión, también promovía el cambio, la libertad del individuo, la rebeldía, la destrucción, el terrorismo, la contradicción, el caos. Este homenaje toma la negación como resistencia, señala la contradicción como denuncia superadora, como no aceptación de lo dado como está, de la necesidad de cambio.
Alejandra Sarkissian hace un llamado. Vendada y con antifaz quizá nos quiere mostrar que detrás de la máscara, de lo que se muestra hacia afuera, está la ceguera, la imposibilidad de ver. Se va quitando las vendas a medida que esparce polvo, hollín, carbón. ¿Los últimos desechos de la negación de lo real? Esparce pedacitos de tela, corta, deshace lo hecho. Corta su vendaje cegador y dice: “Amemos con todas las fuerzas (nosotros), arriesguen más (ustedes), sacate el antifaz (vos), acercate, acercate al punto y no temas, ya estás acá”. Conjugación en tres personas del singular y el plural. No puede ser casual.
Laura Victory también necesita despojarse: tiene un barbijo y los pies vendados. El cuerpo sujeto. Pisa sobre arena y piedras, luego las barre. Se quita el barbijo. Pone de a poco letras sobre el suelo, quiere decir algo pero no se organiza la palabra. ¿Primeros balbuceos? Con la banda que le ciñe el cuerpo fabrica una especie de cesta, parece un nido. Ya se había liberado poco a poco de las otras ataduras. Reúne todo, lo envuelve con las telas del vendaje y confecciona una bolsa que carga al hombro con todo y se va. Lo ha dicho con el cuerpo, desatándose, y no llega a formularlo con la palabra. Sólo letras sueltas, inconexas.
Dos seres reptan, envueltos,  gimen, se contactan, se entrelazan, tapada la cabeza y sujetos los brazos. Son  Isabelle y Fernando que deciden accionar desde los comienzos mismos de la existencia. Hay cáscaras de huevos en el piso, paja en la cabeza. Capullos de algo por nacer. De a poco van tomando forma, cantan, ululan operáticamente. Uno se mueve como un pollo, el otro bate platillos mientras persigue al otro que se queja. Nacer y jugar. Nacer no es doloroso, es divertido. Se diferencian: “la plaga de uno no es la plaga del otro” se rascan y mascullan “…pulgas”. Formas animales que boxean, bailan. El nacimiento, lo lúdico, la contaminación, el absurdo de la vida viva.
Claudia nos remite en cambio al dolor, la tragedia de ser, de identificarse como otra frente a nosotros pintándose la cara. Con una plancha antigua se flagela minuciosamente la cara, parte por parte, mejillas, barbilla, cuello y se mira al espejo. Sigue pinchándose la cabeza. Será el martirio al que se auto sometía la mujer que era antes. La plancha antigua, símbolo del rol doméstico ligado al sometimiento femenino. Y con clavos. Dice “no arrugar no no no no arruga…aaa, noo arrugar, ohm, ohm, no, no, ohm, no, no”, en el piso. Rebajada a esa condición, llama a no asustarse, a no ceder también. Y sin embargo, vive la contradicción de la mujer sometida. Genera su propio sufrimiento, no encuentra otra salida. ¿frente al hombre?, ¿frente al mundo?.
Ofrece a otros la plancha atada a un cordel. Nadie la toma. Le quita los clavos y sigue caminando. Ahora dice “quitarse el dolor…” Es un propósito, pero no será en el autocastigo, quizá culposo, de culpa inducida culturalmente, que lo va a lograr. Es necesario un acto de liberación, no sólo de las cadenas externas, sino de las interiores. Nos convoca a pegarle un letrero al cuerpo, recordándoselo. Ahora plancha las letras que componen la frase liberadora. Se quita la pintura, vuelve a ser ella, hace que los presentes se miren al espejo. Será una invitación a hacer lo mismo? Se lleva todo como si fuera un carrito de juguetes.



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